Bailás mal. Esa es la razón fundante por la que me gustás tanto. O, bueno, no bailás mal pero sí gracioso.
Para ser totalmente sincero, algo que no se ve por estos días – y no sé si por estas páginas – muy seguido, no bailás bien.
Tu deslizar de costado a costado, con brazos extendidos y abiertos, dirigidos por tus manos, acorde, algo desafinado, al movimiento zigzagueante y pendular de tu cuerpo, ha logrado que me vea perdidamente loco de amor por vos y tu silueta de magnífica dama.
Nada tiene que ver el matiz angelical de tus ojos ni la intensidad profunda y marina de tu mirada, nada la nariz perfecta en tu perfil dibujado en el aire con el más capaz y dúctil de los que hacen llamarse pinceles, cuando no palabras.
Menos el arqueo provocador y místico de tu sonrisa preciosa enmarcada en el exquisito rojo fresa de tus silvestres labios. Sólo influye a mi fría y recia susceptibilidad la grandeza boreal de tus risas dulces, cuando acompañan y burlan el suave movimiento de izquierda a derecha-derecha izquierda de tu principesco y fémino esqueleto en trance por alguna risueña melodía bolichesca.
Tu cuerpo entero, tu cuerpo eterno, tus miembros encerrando el capcioso enigma de la beatitud y belleza humanas, no tienen vínculo, relación alguna con mi obnubilación de sujeto atónito y deslumbrado ante los mágicos pliegues de tu natural danza, que en cualquier otra quedarían tan infames, soberanamente desubicadas.
Menos aún el destello de tus infinitas curvas majestuosamente ornamentales ante el diáfano espectro de sol vespertino y el oscurecer de la plateada luna y sus estelas hermanas. Nada influyen a mi parecer tus manos de terrible doncella, tus dedos, largas uñas, nada tus finos brazos de altísima alcurnia, en los que tan bien me quedaría yo abrazado y por horas bailando.
Para que hablar de tu voz de miel, néctar irresistible en cualquier celestial y olímpico banquete, que deleitaría a cualquier cantor o poeta, que envidiaría cualquier otro tibio bardo o enclenque y seguro beodo rapsoda, pues siempre de vos embriagado.
Son sólo tus endemoniados y extravagantes pasos, destrozando cualquier pista decente de baile, y nada la excelente gracia de tu modesto andar, que gobierna el negro galopante y genial de tus cabellos consonantes.
Así, mujer afrodisíacamente hermosa, no te agrandes: apenas me conmueve desde la más nimia y angosta hebra de mi fecundo pelo hasta el hueco vacío de mi estómago con hambre, apenas me pasmo en fantástico delirium tremens desde la profundidad de mi sien hasta el lugar más lejano de mi ser, desde la altura de mis ojos hasta el dedo gordo del pie de mi alma, por la gloria de tu baile, y nunca por tu orgullosa ternura y magnanimidad de maravillosa reina de mi natural condición humana, que esta noche baila, en honor y homenaje a tu encanto de bonita bailarina, con las entrañables palabras.
lunes, 1 de febrero de 2010
martes, 26 de enero de 2010
Reveses de un chico golpeado
Mayor prueba de amor
Que el resistir
Tu exquisita indiferencia
Y el esquivo de mis besos ya frustrados,
Pero no por ello menos prestos
A la misma heroica empresa;
Que mi seguir parado a tu lado,
Firme e impávido,
Sin importar cachetada alguna
Y, mucho menos,
El calibre de ellas;
Que el aguantar estoicamente
Tus fulminantes ironías
Y engualichadoras miradas
Y esperar siempre el contraataque,
Ciego, testarudo y romántico;
Mayor prueba de amor, y locura,
No existe,
Y espero no encontrarás,
Por estos terrenales pagos.
No estoy más lejos que el versado poeta
Ni el galante Adonis,
Con mis nada elegantes formas
Y quizá descabellados modos.
Por eso,
Por mi vulgar insistencia
Por mi torpe cortesía,
Mis sinceras ganas y genuino amor,
No te queda otra, mujer,
Que amarme,
Por mi espantoso decoro,
Por mi impuntual presencia,
Por mi bruta poesía.
Que el resistir
Tu exquisita indiferencia
Y el esquivo de mis besos ya frustrados,
Pero no por ello menos prestos
A la misma heroica empresa;
Que mi seguir parado a tu lado,
Firme e impávido,
Sin importar cachetada alguna
Y, mucho menos,
El calibre de ellas;
Que el aguantar estoicamente
Tus fulminantes ironías
Y engualichadoras miradas
Y esperar siempre el contraataque,
Ciego, testarudo y romántico;
Mayor prueba de amor, y locura,
No existe,
Y espero no encontrarás,
Por estos terrenales pagos.
No estoy más lejos que el versado poeta
Ni el galante Adonis,
Con mis nada elegantes formas
Y quizá descabellados modos.
Por eso,
Por mi vulgar insistencia
Por mi torpe cortesía,
Mis sinceras ganas y genuino amor,
No te queda otra, mujer,
Que amarme,
Por mi espantoso decoro,
Por mi impuntual presencia,
Por mi bruta poesía.
sábado, 23 de enero de 2010
LA LUCHA
Hoy fui más allá.
Hoy trascendí mis circunscriptas fronteras, ;
hoy he sabido domeñar al fuego y vencido al hierro con la fuerza y tenacidad de mis disciplinadas manos;
hoy superé los escollos que presentaba, férrea, mi derrotada víctima;
hoy he podido superar los finitos límites de mi humanidad;
hoy he logrado amansar a mi tenue voluntad;
hoy, sobre todo, me he vencido a mí mismo, implacable;
hoy he luchado y vengo aquí, orgulloso, pacífico, radiante, a contarlo:
hoy, finalmente, hice arroz.
Hoy trascendí mis circunscriptas fronteras, ;
hoy he sabido domeñar al fuego y vencido al hierro con la fuerza y tenacidad de mis disciplinadas manos;
hoy superé los escollos que presentaba, férrea, mi derrotada víctima;
hoy he podido superar los finitos límites de mi humanidad;
hoy he logrado amansar a mi tenue voluntad;
hoy, sobre todo, me he vencido a mí mismo, implacable;
hoy he luchado y vengo aquí, orgulloso, pacífico, radiante, a contarlo:
hoy, finalmente, hice arroz.
martes, 19 de enero de 2010
OTRO UNIVERSO PARALELO
Y lo que propongo es el desconocimiento mutuo: que no tengamos y no sean -nuestros nombres-; que las historias de vida y sus biografías no existan; que sólo estemos vos y yo, y luego ni siquiera eso: nos vamos desconociendo y, repentinamente, no sabemos nada el uno del otro, ni el otro del uno, y sólo estamos ahí, sin preguntarnos ni respondernos nada, sin razones ni justificativos, sin motivos, sin lo falaz del argumento, sin sentidos, sin artículos, pronombres ni adjetivos. Y no entenderemos ya quiénes somos, ni qué hacemos ahí, ahora tan cerca; pero eso tampoco importa, ni los efectos, ni las consecuencias, ni los pecados, ni los perdones, ni sus cosechas, ni sus siembras.
Y ahora ya somos a lo sumo unos ojos, cuatro; y después hasta menos, unas miradas, dos, que se acercan.
Se miran.
Y ahora ya no importa ni la mirada, ni nada. Ni siquiera importa el beso.
Hemos muerto, pero tampoco eso lo sabemos.
Y al resucitar, o cuando despertemos, en ese amanecer, que será un amanecer de camas separadas, distantes y, con fortuna, olvidadas, cuando cada uno sea de vuelta, con sus lugares, sus tiempos y sus cuentos, sólo nos va a quedar, sólo nos queda, un atisbo, un atisbo de sabor lejano, misterioso, falaz, quizás del que nada, o poco, sabemos, a lo sumo intuimos o levantamos en una mera y tenue sospecha, o las necesarias como para no descubrir los crímenes, o los consumados hechos; pero eso tampoco importa, lo desconocemos...
No te propongo entonces olvidarnos de todo, pero sí distraernos, hacernos los boludos por un instante que, por ignorante, no sepa de tiempos.
Y ahora ya somos a lo sumo unos ojos, cuatro; y después hasta menos, unas miradas, dos, que se acercan.
Se miran.
Y ahora ya no importa ni la mirada, ni nada. Ni siquiera importa el beso.
Hemos muerto, pero tampoco eso lo sabemos.
Y al resucitar, o cuando despertemos, en ese amanecer, que será un amanecer de camas separadas, distantes y, con fortuna, olvidadas, cuando cada uno sea de vuelta, con sus lugares, sus tiempos y sus cuentos, sólo nos va a quedar, sólo nos queda, un atisbo, un atisbo de sabor lejano, misterioso, falaz, quizás del que nada, o poco, sabemos, a lo sumo intuimos o levantamos en una mera y tenue sospecha, o las necesarias como para no descubrir los crímenes, o los consumados hechos; pero eso tampoco importa, lo desconocemos...
No te propongo entonces olvidarnos de todo, pero sí distraernos, hacernos los boludos por un instante que, por ignorante, no sepa de tiempos.
viernes, 15 de enero de 2010
HISTORIA DE UN PENSAMIENTO EN UN AUTO
Iba en su auto, más preocupado en sus pensamientos que en su andar, como en tantos otros pasajes y caminos (en su auto, cargado desde el motor hasta la extensión de su baúl con algunas de las que llamaba sus ideas, entre interesantes e inservibles). Entre estas, sus, no sé si muchas o, mejor dicho, no sé si tantas elucubraciones (una de ellas, el verdadero significado de la misma palabra elucubrar), la más constante era la de, extraña coincidencia verán, uno de sus amores juveniles.
Recordaba esos flamantes ojos, envueltos en un simétrico hasta la hermosura rostro, adornado por su siempre monumental figura.
Pensaba en esos novelescos enredos que habían terminado más cerca de una tragedia, en su irresoluta relación con ella; irresoluta porque esos recordados, y tan llenos de miradas, ojos, nunca habíanse fijado verdaderamente en él, dirigidos por ese entonces, a sus propios enredos y travesuras entre puberales y amorosas, más amorosas que puberales.
Cruza una calle oscura que no desentonaba con el resto del paisaje, jugando enamorado con la ambigua luna, recordando viejas historias mientras ideaba quizás otras nuevas.
Y como en la luna, pensaba ahora, luego de haber cruzado toda la calle en su extensión, en este amor, no sé si el más intenso, el más real o el más largo, pero definitivamente, en alguna de sus más escabrosas acepciones y formas, al fin, amor. La cuestión es que, en ese momento y bajo esas pocas estrellas refugiadas y vigiladas por la cruda oscuridad, y sin hacer caso a algunas enseñanzas de algún profesor de alguna especie de filosofía, se regocijaba perversamente, en el buen sentido, si lo hay, de perverso, en ése, esa noche, su amor, el amor de su vida.
Y si a algún curioso todavía le interesan las palabras de su maestro (por lo pronto, al escritor le interesa dejarlas entrever) eran, entre otras muchas, que ese amor adolescente ya se había ido; ya, sus alumnos, entre ellos el conductor del gobernado auto, debían crecer, y tener una visión más objetiva, real, concreta del complejo mundo actual. Visión que no se alejaba de su amistad con esa fría noche de martes.
Pero él, en ese momento, esa noche, se había permitido un bocado de fantasía. Y pensaba. ¿Porqué no habría en ese actual mundo, en su mundo, en su aburrida de a ratos, ciudad, una suerte de Delfos, una suerte de Apolo, Sibila, Calcas o Casandra? Idea mucho más interesante que el mero horóscopo de alguna marketinera revista, que la globalizada galletita de la fortuna o alguna errada en sus presagios y eliminada participante de “Gran Hermano”. Y aquellas, sus ideas, nunca desprovistas de deseo, deseaban entonces, si corresponde usar el término desear, un oráculo más certero. Deseaba un dios pagano, griego o hindú, pero, sobre todo, funesto y arbitrario, contra quien descargar la ira que, de a ratos, sentía por su aburrido destino.
Lo que no sabía es que la certeza es todavía más mezquina, fría y objetiva que la, muchas veces bondadosa, ignorancia.
Lo que no sabía es que persiguiendo a sus pensamientos, sin la necesidad de dios pagano alguno, un extraño destino lo avizoraba, ignorándolo él, gracias en principio a la ya bien conocida bondad de lo inconsciente.
Resultó, a modo de problema matemático, que en la próxima esquina lo esperaban las “moiras” de la región, en medio de una amena, y de seguro más que interesante, charla con el secuaz de Aqueronte, surgiendo entre x e y, que fácilmente podrían ser nuestros personajes - y algún que otro paréntesis-, una, espero legible, ecuación, carente segura de cualquier aritmética lógica.
Sumido en sus pensamientos, pie izquierdo jugando a su vez un histérico juego con el freno y el embrague, y pie derecho fiel a su amorío con el acelerador, y las manos entre volante y cambios, nunca pudieron prever y nunca podrían haberlo hecho, quién sabe que dios o señor del destino manejaba ese volante de hace ratos, que el amor de su vida, esa noche, se encontraría con él y los otros, expectantes; (en síntesis) todos se encontrarían en la misma situación, sin saber, tan sólo quizá en algún mero pálpito, que se iban a encontrar. Una esquina y un segundo los reunirían.
Clavó los frenos. Ella miró como obnubilada. Ellos empezaron su banquete.
Lo que él tampoco sabía es que ella sí había ido a su propio Delfos, quien la había signado con algunas heladas palabras tales como amor, vida y un curioso, místico y enredado destino, que entendería a su momento, quizás alguna fatalidad; en fin, todas esas cosas que acostumbran decir y nos acostumbramos a oír de los oráculos y, por qué no, también de las gitanas.
Él maldijo. Ella no tuvo tiempo. Ellos agradecieron no haber jubilado su trabajo.
Él salió más rápido del auto que de sus pensamientos y la vio. Ahora sí no entendía ese montón de cosas que hace unos instantes, o en toda su vida, no había creído entender. Lo que si pensó, pero tampoco sabía, era la certeza de la particular muerte ocasionada a su amada, esa noche. Él. A ella.
Lo que se sigue, ustedes mis lectores, si son algo más que parte de este cuento, y existen, verán de discernir su continuación como fantasía o realidad, paradójica ironía. Verán si los comensales festejaron o decidieron esperar. Para los primeros aquí termina la historia; para los esperantes, espero satisfacerlos con unas líneas más.
Unas fugaces lágrimas, como líneas, recorrieron el camino a su muerte, o hacia la unión en el piso con otras fugadas gotas carmesí.
Él la abrazó y alzó, como siempre hubiera querido. Como nunca hubo querido.
Entró en su auto camino al hospital, que se encontraba, extraña fortuna, a tan sólo unas cuantas, ahora mucho más oscuras, cuadras. A su lado estaba la idea de su amor y una mujer inerte al lado de ésta última.
El tiempo para el relato, o la vida, es una cuestión que amerita otras obras y las que ya hay seguro son más completas, acabadas y sinceras que lo que podrían ser las mías.
Así diremos entonces que, y ahora vemos que para mi birome es imprescindible alguna noción de tiempo, luego de muchos confusos pensamientos entremezclados con emociones de todo tipo, color y forma, principalmente, aquellos de tinte más opaco y taciturno, llegada la pareja al hospital, apareció, otra vez extraña suerte, un doctor.
Y es extraño ahora como dos personas que apenas conocemos, o no conocemos nada, en absoluto, pueden ser investidos de tantos, por demás locos, no sé si insanos, sentimientos y afectos. Esta es la anamnesis guardada para él, es decir, del despistado y soñador conductor. Ahora faltaba esperar la del doctor. Y más raro caso, esperando no pecar de ingenuo, o sí, es el de éste último. Este artista de la salud, sin ninguna significación para el amante hasta ese entonces, se convirtió de un golpe en una especie de salvífico redentor (y perdón, si se quiere, por tal blasfemia, pero así él lo pensó sin poder evitarse), de una especie de mago, único, amado, médico de almas, que se convirtió en todo eso con tan sólo alguna esbozada sonrisa y dos cortas palabras, que en sí nada de mágico tienen, o sí.
Y dijo:-puede pasar…-.
Entró nervioso. Ella esperaba nerviosa. Ellos también.
Él no podía creerlo. Ella no recordaba siquiera lo que significaba el término creer. Ellos si lo recordaban y también podían creerlo.
Y la suerte, fortuna, probabilidad, chance, azar, dios, Dios, diosa o fría (y hasta ahora, para él, para algunos, más que sublime) realidad, otra vez, fiel a lo que creo su esencia, había sorprendido a todos una vez más. A él, a ella, a ellos, y al mismo narrador. Sin romper con mito alguno, sin arruinar la fantasía del muchacho, sin quebrar el inefable oráculo de alguna traviesa galleta o eminente númen, sin reprimir el deseo, sin jubilar al médico ni a los incansables y eternos jornaleros infernales, y evitando dejar sin tinta ni papel el sueño de alguna suerte de escritor, la historia gobernada por la suerte volvió a jugar, ustedes dirán si dramática o no, yo diré que ni buena ni mala, ni justa o injusta. Simplemente, suerte.
-¿Qué pasó?-.
-¡No sé que pasó! Perdón. No sé cómo ni de donde apareciste… y te atropellé. Perdón…
-Pero… ¿te conozco?-.
-Mmm…No...Bueno, sí. Y justamente estaba pensando en vos… no sé si vas a entender…
(Algunas lenguas refieren que entre el diálogo antecedente y el subsiguiente, pudo haber habido tiempo)
-Creo que sí…- y con la cara toda sonrosada respondió:- ahora yo no sé si me vas a creer o no, pero lo único que apenas recuerdo es que algo o alguien me dijo que me iba a salvar la vida el amor de la mía…curioso destino, ¿no? jaja…- y luego de un silencio:- ¿Sos el amor de mi vida?-
Y él, loco, delirante, ignorante como nunca, sonrojado, nebuloso, a punto de caer, de darle un descanso a su cabeza, a su razón, y en un tono lo menos claro posible y lo más entre agudo y grave posible, respondió:-no…no sé… pero de seguro (aunque no lo pensaba o creía tan seguro) el de mi rara vida, y esta noche sobre todo, vos, lamentablemente (en un esbozo lo menos parecido a lo que en realidad es una risa) sí lo sos.-
Y ella, grandiosa y radiante como nunca, empezó, alegre, a reír. Nada pudo haberla hecho más reina.
_ ¡Sos un nabo! ¡Estoy hecha mierda, no recuerdo nada, y vos, la única persona presente y que aparenta conocerme, te pones romántico! ¡Porque no me acuerdo como hice para conseguir a este loco lindo! Jajaja. Ahora, aunque siga sin entender nada, ¿no te dijo el médico en cuanto tiempo nos vamos a poder ir? ¿Y qué hacía yo caminando en una calle oscura y vos atropellándome?-, dijo sin poder quitarse su buen humor. Buen humor sin sentido, rayando la locura, pero buen humor al fin. -¿Vamos a casa, dale? Necesito descansar.-
Y ahora sí, él no entendía nada de nada. Estaba totalmente perdido. ¡¡Su amada no recordaba que en realidad no lo amaba!!
Y, con su mente hasta ese momento nula de tanto trajín y embotellamiento (de ideas y raras sensaciones), volvió a pensar.
Su amada no recordaba que no lo amaba.
Su amada no recordaba que no lo amaba.
Su amada no recordaba que no lo amaba.
Y ahora sí, no pensó más. –Creéme que yo también necesito descansar-.
Mencioné que el tiempo no tenía mucho sentido ni importancia en este cuento. De importancia es que él salió. Y se la llevó. No sé que pacto, si lo hubo (y menos entre quienes), se realizó: diablo, dios, ángeles, Tanatos, Eros, Moiras, o azar. Pero, como dije, sin pensarlo, se la llevó.
Lejos de ahí. Para olvidar (quizá) lo que ella había olvidado.
Y sí. Al parecer fueron felices o, mejor dicho, armaron su propio sentido y significado de felicidad, casi como una nueva palabra. Extraña felicidad dirán ustedes. Extraña, considero, pero envidiable para muchos del resto de nosotros, los mortales.
Cerrar esta historia, darle más detalles, me parece empresa imposible, o sólo es que no lo quiero hacer por algún infantil e inentendible capricho. (Ello quizá implicaría un grado mayor de verosimilitud, el cual, ahora considero, de ninguna forma envidiable a otro cuento).
Imagínelo, si quiere, usted, lector, lectora, si quiere, como yo lo hice, lo hago, ahora, como único lector.
Lo único que añadiré es que él no se llamaba Paris, ni menos Alejandro. Pero, definitivamente, ella, de seguro, era Elena (aunque quizá no siempre se había, habría, o hubiese llamado así).
NOTA: nótese los impresionantes errores de gramática y expresión. Bueno, es difícil no haberlos notado, claro está, usted no es tonto -y no sea tonto-: no piense que el autor, aunque así quiera engañarlo, verdaderamente quiso escribirlo así, con errores. Pero es que así nomás son los pensamientos, por lo menos los únicos que conozco, entiéndase, los míos propios, quizás por ser algo tonto; eso también, no sea tonto ni se deje engañar, sólo usted lo sabrá.
Recordaba esos flamantes ojos, envueltos en un simétrico hasta la hermosura rostro, adornado por su siempre monumental figura.
Pensaba en esos novelescos enredos que habían terminado más cerca de una tragedia, en su irresoluta relación con ella; irresoluta porque esos recordados, y tan llenos de miradas, ojos, nunca habíanse fijado verdaderamente en él, dirigidos por ese entonces, a sus propios enredos y travesuras entre puberales y amorosas, más amorosas que puberales.
Cruza una calle oscura que no desentonaba con el resto del paisaje, jugando enamorado con la ambigua luna, recordando viejas historias mientras ideaba quizás otras nuevas.
Y como en la luna, pensaba ahora, luego de haber cruzado toda la calle en su extensión, en este amor, no sé si el más intenso, el más real o el más largo, pero definitivamente, en alguna de sus más escabrosas acepciones y formas, al fin, amor. La cuestión es que, en ese momento y bajo esas pocas estrellas refugiadas y vigiladas por la cruda oscuridad, y sin hacer caso a algunas enseñanzas de algún profesor de alguna especie de filosofía, se regocijaba perversamente, en el buen sentido, si lo hay, de perverso, en ése, esa noche, su amor, el amor de su vida.
Y si a algún curioso todavía le interesan las palabras de su maestro (por lo pronto, al escritor le interesa dejarlas entrever) eran, entre otras muchas, que ese amor adolescente ya se había ido; ya, sus alumnos, entre ellos el conductor del gobernado auto, debían crecer, y tener una visión más objetiva, real, concreta del complejo mundo actual. Visión que no se alejaba de su amistad con esa fría noche de martes.
Pero él, en ese momento, esa noche, se había permitido un bocado de fantasía. Y pensaba. ¿Porqué no habría en ese actual mundo, en su mundo, en su aburrida de a ratos, ciudad, una suerte de Delfos, una suerte de Apolo, Sibila, Calcas o Casandra? Idea mucho más interesante que el mero horóscopo de alguna marketinera revista, que la globalizada galletita de la fortuna o alguna errada en sus presagios y eliminada participante de “Gran Hermano”. Y aquellas, sus ideas, nunca desprovistas de deseo, deseaban entonces, si corresponde usar el término desear, un oráculo más certero. Deseaba un dios pagano, griego o hindú, pero, sobre todo, funesto y arbitrario, contra quien descargar la ira que, de a ratos, sentía por su aburrido destino.
Lo que no sabía es que la certeza es todavía más mezquina, fría y objetiva que la, muchas veces bondadosa, ignorancia.
Lo que no sabía es que persiguiendo a sus pensamientos, sin la necesidad de dios pagano alguno, un extraño destino lo avizoraba, ignorándolo él, gracias en principio a la ya bien conocida bondad de lo inconsciente.
Resultó, a modo de problema matemático, que en la próxima esquina lo esperaban las “moiras” de la región, en medio de una amena, y de seguro más que interesante, charla con el secuaz de Aqueronte, surgiendo entre x e y, que fácilmente podrían ser nuestros personajes - y algún que otro paréntesis-, una, espero legible, ecuación, carente segura de cualquier aritmética lógica.
Sumido en sus pensamientos, pie izquierdo jugando a su vez un histérico juego con el freno y el embrague, y pie derecho fiel a su amorío con el acelerador, y las manos entre volante y cambios, nunca pudieron prever y nunca podrían haberlo hecho, quién sabe que dios o señor del destino manejaba ese volante de hace ratos, que el amor de su vida, esa noche, se encontraría con él y los otros, expectantes; (en síntesis) todos se encontrarían en la misma situación, sin saber, tan sólo quizá en algún mero pálpito, que se iban a encontrar. Una esquina y un segundo los reunirían.
Clavó los frenos. Ella miró como obnubilada. Ellos empezaron su banquete.
Lo que él tampoco sabía es que ella sí había ido a su propio Delfos, quien la había signado con algunas heladas palabras tales como amor, vida y un curioso, místico y enredado destino, que entendería a su momento, quizás alguna fatalidad; en fin, todas esas cosas que acostumbran decir y nos acostumbramos a oír de los oráculos y, por qué no, también de las gitanas.
Él maldijo. Ella no tuvo tiempo. Ellos agradecieron no haber jubilado su trabajo.
Él salió más rápido del auto que de sus pensamientos y la vio. Ahora sí no entendía ese montón de cosas que hace unos instantes, o en toda su vida, no había creído entender. Lo que si pensó, pero tampoco sabía, era la certeza de la particular muerte ocasionada a su amada, esa noche. Él. A ella.
Lo que se sigue, ustedes mis lectores, si son algo más que parte de este cuento, y existen, verán de discernir su continuación como fantasía o realidad, paradójica ironía. Verán si los comensales festejaron o decidieron esperar. Para los primeros aquí termina la historia; para los esperantes, espero satisfacerlos con unas líneas más.
Unas fugaces lágrimas, como líneas, recorrieron el camino a su muerte, o hacia la unión en el piso con otras fugadas gotas carmesí.
Él la abrazó y alzó, como siempre hubiera querido. Como nunca hubo querido.
Entró en su auto camino al hospital, que se encontraba, extraña fortuna, a tan sólo unas cuantas, ahora mucho más oscuras, cuadras. A su lado estaba la idea de su amor y una mujer inerte al lado de ésta última.
El tiempo para el relato, o la vida, es una cuestión que amerita otras obras y las que ya hay seguro son más completas, acabadas y sinceras que lo que podrían ser las mías.
Así diremos entonces que, y ahora vemos que para mi birome es imprescindible alguna noción de tiempo, luego de muchos confusos pensamientos entremezclados con emociones de todo tipo, color y forma, principalmente, aquellos de tinte más opaco y taciturno, llegada la pareja al hospital, apareció, otra vez extraña suerte, un doctor.
Y es extraño ahora como dos personas que apenas conocemos, o no conocemos nada, en absoluto, pueden ser investidos de tantos, por demás locos, no sé si insanos, sentimientos y afectos. Esta es la anamnesis guardada para él, es decir, del despistado y soñador conductor. Ahora faltaba esperar la del doctor. Y más raro caso, esperando no pecar de ingenuo, o sí, es el de éste último. Este artista de la salud, sin ninguna significación para el amante hasta ese entonces, se convirtió de un golpe en una especie de salvífico redentor (y perdón, si se quiere, por tal blasfemia, pero así él lo pensó sin poder evitarse), de una especie de mago, único, amado, médico de almas, que se convirtió en todo eso con tan sólo alguna esbozada sonrisa y dos cortas palabras, que en sí nada de mágico tienen, o sí.
Y dijo:-puede pasar…-.
Entró nervioso. Ella esperaba nerviosa. Ellos también.
Él no podía creerlo. Ella no recordaba siquiera lo que significaba el término creer. Ellos si lo recordaban y también podían creerlo.
Y la suerte, fortuna, probabilidad, chance, azar, dios, Dios, diosa o fría (y hasta ahora, para él, para algunos, más que sublime) realidad, otra vez, fiel a lo que creo su esencia, había sorprendido a todos una vez más. A él, a ella, a ellos, y al mismo narrador. Sin romper con mito alguno, sin arruinar la fantasía del muchacho, sin quebrar el inefable oráculo de alguna traviesa galleta o eminente númen, sin reprimir el deseo, sin jubilar al médico ni a los incansables y eternos jornaleros infernales, y evitando dejar sin tinta ni papel el sueño de alguna suerte de escritor, la historia gobernada por la suerte volvió a jugar, ustedes dirán si dramática o no, yo diré que ni buena ni mala, ni justa o injusta. Simplemente, suerte.
-¿Qué pasó?-.
-¡No sé que pasó! Perdón. No sé cómo ni de donde apareciste… y te atropellé. Perdón…
-Pero… ¿te conozco?-.
-Mmm…No...Bueno, sí. Y justamente estaba pensando en vos… no sé si vas a entender…
(Algunas lenguas refieren que entre el diálogo antecedente y el subsiguiente, pudo haber habido tiempo)
-Creo que sí…- y con la cara toda sonrosada respondió:- ahora yo no sé si me vas a creer o no, pero lo único que apenas recuerdo es que algo o alguien me dijo que me iba a salvar la vida el amor de la mía…curioso destino, ¿no? jaja…- y luego de un silencio:- ¿Sos el amor de mi vida?-
Y él, loco, delirante, ignorante como nunca, sonrojado, nebuloso, a punto de caer, de darle un descanso a su cabeza, a su razón, y en un tono lo menos claro posible y lo más entre agudo y grave posible, respondió:-no…no sé… pero de seguro (aunque no lo pensaba o creía tan seguro) el de mi rara vida, y esta noche sobre todo, vos, lamentablemente (en un esbozo lo menos parecido a lo que en realidad es una risa) sí lo sos.-
Y ella, grandiosa y radiante como nunca, empezó, alegre, a reír. Nada pudo haberla hecho más reina.
_ ¡Sos un nabo! ¡Estoy hecha mierda, no recuerdo nada, y vos, la única persona presente y que aparenta conocerme, te pones romántico! ¡Porque no me acuerdo como hice para conseguir a este loco lindo! Jajaja. Ahora, aunque siga sin entender nada, ¿no te dijo el médico en cuanto tiempo nos vamos a poder ir? ¿Y qué hacía yo caminando en una calle oscura y vos atropellándome?-, dijo sin poder quitarse su buen humor. Buen humor sin sentido, rayando la locura, pero buen humor al fin. -¿Vamos a casa, dale? Necesito descansar.-
Y ahora sí, él no entendía nada de nada. Estaba totalmente perdido. ¡¡Su amada no recordaba que en realidad no lo amaba!!
Y, con su mente hasta ese momento nula de tanto trajín y embotellamiento (de ideas y raras sensaciones), volvió a pensar.
Su amada no recordaba que no lo amaba.
Su amada no recordaba que no lo amaba.
Su amada no recordaba que no lo amaba.
Y ahora sí, no pensó más. –Creéme que yo también necesito descansar-.
Mencioné que el tiempo no tenía mucho sentido ni importancia en este cuento. De importancia es que él salió. Y se la llevó. No sé que pacto, si lo hubo (y menos entre quienes), se realizó: diablo, dios, ángeles, Tanatos, Eros, Moiras, o azar. Pero, como dije, sin pensarlo, se la llevó.
Lejos de ahí. Para olvidar (quizá) lo que ella había olvidado.
Y sí. Al parecer fueron felices o, mejor dicho, armaron su propio sentido y significado de felicidad, casi como una nueva palabra. Extraña felicidad dirán ustedes. Extraña, considero, pero envidiable para muchos del resto de nosotros, los mortales.
Cerrar esta historia, darle más detalles, me parece empresa imposible, o sólo es que no lo quiero hacer por algún infantil e inentendible capricho. (Ello quizá implicaría un grado mayor de verosimilitud, el cual, ahora considero, de ninguna forma envidiable a otro cuento).
Imagínelo, si quiere, usted, lector, lectora, si quiere, como yo lo hice, lo hago, ahora, como único lector.
Lo único que añadiré es que él no se llamaba Paris, ni menos Alejandro. Pero, definitivamente, ella, de seguro, era Elena (aunque quizá no siempre se había, habría, o hubiese llamado así).
NOTA: nótese los impresionantes errores de gramática y expresión. Bueno, es difícil no haberlos notado, claro está, usted no es tonto -y no sea tonto-: no piense que el autor, aunque así quiera engañarlo, verdaderamente quiso escribirlo así, con errores. Pero es que así nomás son los pensamientos, por lo menos los únicos que conozco, entiéndase, los míos propios, quizás por ser algo tonto; eso también, no sea tonto ni se deje engañar, sólo usted lo sabrá.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
PARADA
Volvía después de horas de estudio en la casa de una gran compañera y amiga. Sus padres no habían podido ir a buscarlo porque ya estaban de vuelta en el centro, razón por la cual estaba sentado como un verdadero despojo en uno de los últimos asientos del colectivo. Todo un malcriado, pensaba, haciendo irónicos juegos de palabras rumiadas. No había mucha más gente que él. Algunos iban acompañados y otros hasta charlando una de esas interesantes conversaciones, de esas que a él le hubiera gustado escuchar, para que se le pase más rápida su estadía en ese metal grande con ruedas como a veces lo llamaba, y ahora pensaba que ese era quizás uno de sus versos más logrados.
Ella subió unas cuantas paradas más adelante que él, aunque no supo precisar cuántas, en realidad. Igual, eso había resultado ser un detalle por demás nimio para él. Toda su atención estaba puesta simplemente en el hecho de que ella había subido.
Sin notarlo, claro, no fijaba sus ojos en nada más que ella, o más allá de ella, menos todavía lo procesarían sus alborotadas neuronas, de pronto se encontraba caminando hacia uno de los asientos de adelante, y poco después, luego que el chofer sorteara con fortuna unos pozos que casi lo voltean y el hiciera lo propio con la ansiedad y los nervios que lo ponían en un serio riesgo de tumbo, se encontraba saludándola cortésmente, sentado en el asiento contiguo.
Y así se encontró, a su sorpresa, luego de improvisada y efectiva presentación, charlando con ella de los avatares que siempre traen aparejados los exámenes finales de la facultad. Si no hubiera leído Cortázar, la flor amarilla, creo que así se llamaba, y Veneno, todavía estaría sentado inmanente en su ya citado despojo de asiento.
-Así que pensás que te fue bien- dijo protocolarmente, -es toda una suerte eso. Yo si aprobé, pero lástima que el profesor era uno de esos locos chiflados que no te dejan hablar, prefiriendo escucharse a sí mismos…pero sí, es verdad, que lo que yo decía era notablemente aburrido-.
Ella rió levemente, esbozando una, pensó, característica sonrisa. –En fin, lo importante es aprobar- sentenció ella como compadeciéndose.
-¿Nunca te tocó uno de esos profesores?- le preguntó, esperando que ella no malinterprete sus dichos; él seguro, si hubiera sido su profesor habría sido tentado a la invitación de un roce, pero al parecer existían profesores más decentes y profesionales, y por qué no más boludos. Pero por suerte o mero azar no fue así – el profesor era más decente, por lo menos, y ella no “malinterpretó” sus dichos- y siguieron hablando de enriedos estudiantiles, mientras el chofer seguía cansándose de dar vueltas, meter cambios y hacer asustar a esos taxistas y remiseros: - sus enemigos favoritos- ingeniosamente, pues ingenioso se creía, concluyó él.
De un momento a otro, como todos los vaivenes y giros extraños que se dan en las charlas, ni qué decir de la vida, peores que las mismas maniobras, arriesgadas algunas y heroicas otras, del colectivero, se encontraron hablando, riendo y hasta, a veces, por no decir a menudo, burlándose de los otros pasajeros, buscando inteligir y descifrar entre los codificados y curiosos labios de aquellos una discusión emocionante, o por lo menos sorprendente.-Para mí que esta noche se pelean- infirió ella, mientras él asentía con la cabeza, aunque no tan seguro.
Después charlaron de ese tipo vestido raro, que parecía un bandolero -¿todavía se usa esa palabra?- se destartaló a carcajadas su acompañada, armándole consecuentemente – y sin detenerse demasiado en el anticuado vocabulario de su inesperado acompañante- escabrosas historias de su vida, asaltos frustrados a mano armada y muertes violentas, razones por lo cual pensaban que había elegido quedarse parado a pesar de la inmensidad de asientos que sobraban en el colectivo y lo rodeaban de una manera confusa.-Y sí, será, como que no hay otra…- asintió él, incrédulo con toda seguridad.
Rápidamente, luego de analizar las, fantásticas algunas y aburridas otras, historias del resto de los individuos con quienes compartían el voluminoso móvil, se dieron con que ya estaban llegando al centro, a unas pocas cuadras del fin del recorrido de él. Pero a ella le quedaban muchas cuadras todavía, así que él, sacando cuentas de kilómetros, números de cuadras, ecuaciones de tiempo y posibilidades estadísticas de volver a tener una tan buena charla en tan exquisita compañía, se aventuró a decirle: -por acá es mi parada, pero me da cosa que andés sola a merced de ese asesino, o en su defecto del atroz chofer-. Ella riendo entonces, cómo no hacerlo, le dijo: -¿Te da cosa?-.- Bueno, en realidad es sólo que no quiero bajarme…no hace tan mal tiempo acá arriba y todavía no nos contamos la historia de vida del malhumorado chofer…- alcanzó a decir, sin poder evitar sentir como su cuerpo ponía un poco colorado, en serio, un poco nomás, vaya uno a saber porqué. Nada tenía que ver el estar locamente enamorado de la completa y ahora tan familiar desconocida. En fin, quién se dignaba en conocer a quién por estos días y, porqué no, por todos los días. Más aún, ¡quién se digna a enamorarse en estos tiempos!
-En ese caso te invito a que sigas arriba de mi colectivo, hasta que llegue mi parada- dijo, magnánima y radiante, salvándolo esta vez ella a él del enriedo que acarrean tan devastadoras y patéticas declaraciones…-pero si volvés a decir chofer te juro que me bajo yo y por la ventana- estalló otra vez en una encandilante carcajada.
Fue así que se siguieron contando de sus vidas -pero sobre todo de la vida de ese intrépido y misterioso conductor-, enredados y superpuestos por largos silencios y desternilles de risas. Palabras e historias profundas, vibrantes y rápidas al decir pero que nunca acababan, como el de la familia del colectivo, quiénes serían sus hijos de chapa, pintura y ruedas, de quien sacarían los faros, a qué edad empezarían a andar por las calles rotozas de la ciudad, que trole-bus o colectiva había sido capaz de robar su motor, a su papá y a ellos, -aunque seguro que es la misma, nadie escapa al complejo de Edipo- a pesar de que poco sabía ella de un complejo de Edipo y él no era Oliveira, y menos le hubiera gustado ser Gregorovius, como para explicarle-; después siguieron la discusión sobre si la misma se había marchado o no, y porqué, y ella, en voz alta, pensó – pero entonces no puede ser la misma colectiva la ladrona de los motores, porque ellos no están enamorados de su abuela-. Maldición, pensó él, para sí, ella tenía toda la razón, la suya y la suya. -Y qué pensará de su empresa…- siguiendo la, fantástica hasta lo absurdo, elucubración; luego discutieron sobre el cansancio o no de ser colectivo y si les caerían bien, o muy mal, estos dos particulares viajeros, así se creían, del común de pasajeros que habitaban intermitentemente en su metálico estómago.
A todo esto se subieron y sentaron otras dos señoras adelante suyo, que se traían toda una novela familiar entre manos y lenguas, por demás largas las últimas, que si él hubiera sido Cortázar habría escrito el episodio.
Sin embargo, esto no sirvió para olvidar que ahora también empezaba, o terminaba, no sé bien, a quedar poco para el arribo a la parada de destino, uno muy cruel, uno muy triste, tan aburrido y vacío cuanto más se arrimaba, tan agobiante de enferma y abúlica normalidad y de una mediocridad estéril que parecía esperarlo inamovible en su habitual descenso al, por así decirlo, mundo real.
Él la miró entonces triste, como extrañando el momento en que estuvo destinado a escuchar el desenlace apasionado de Juan y María, - nombres comunes si los hay- dijo alguno de los dos, relatado por las rubias teñidas, de vestidos de fuertes colores y casi ancianas señoras, ésas de cabellos abultados hacia arriba, formando simpáticos cortes y pliegues capilares –eufemismos comunes si los hay- dijo el otro, bien propios de viejas chusmas con fuertes perfumes de antaño cadavéricos, como correspondiendo al estereotipo.
Ella, por su parte, luego de rebatir con un sarcasmo sutil el –no te preocupes, ya te va a tocar a vos también- con que él la jodía, aunque ya no con una risa ni tan fuerte ni tan estruendosa y sí tan que sonaba a un “¡chau, te me estás yendo che!”, como que ya no quería mirarlo mucho, sobre todo para no enfrentar la soledad que empezaba a habitar en las miradas de su compañero de coche, quedándose más callada a cada metro y con su nueva y distante mirada, que también se contagiaba de ese frío que no era de invierno.
El chofer, su chofer, ese entrañable conductor, ese mágico señor hacedor de caminos de maravilla, pisó insensiblemente los frenos, obligando a detenerse sin miramientos al coloso de fierros de familia abultada. La parada había llegado, como un terremoto que llega y barre todo y destruye sueños y cuentos y vidas con una impiedad e inclemencia que a Nerón le quedarían grandes. Había que parar, para de todo, sabiendo irónicamente que hay cosas que no pueden detenerse. Hay paradas que pueden ser muy injustas.
Tuvieron que detener sus miradas un segundo y mirarse, tuvieron que parar de huir de sus realidades y fantasías y mirarse y enfrentar el adiós, por injusto que sea; en ese segundo, que alcanzó para mirarse, para verse y decirse y soñarse y amarse, en ese segundo, pararon de todo.
Unos metros más adelante las señoras de finos peinados, así se creían ellas, empezaron a hablar de esos locos, no de María y Juan, de ellos ya se habían cansado hace rato, sino de aquellos que no habían hecho más que molestar y reírse, -por no decir joder- dijo la otra, llegando a la sospecha de que hasta por momentos las habían estado escuchando.
–Vos sabés que yo estoy segura que sí. La juventud está decadente y ahora nos venimos a enterar que encima chusmas- y cerró su compañera la conversación con un leve y tosco bramido que intentaba ser un entendido sobre el tema ajhá, como reafirmando los dichos de la otra vieja, mientras los veían ahora volverse a encoger de estómagos y esconderse en gigantes carcajadas, subidos juntos en lo normal de un colectivo, perdidos en una multitud que los cobijaba, como justificando lo injustificable de sus vidas en una también –o tan bien- injustificable existencia, a esos dos extraños pasajeros de colectivo.
-Y habrán seguido vagando y viajando eternamente en ese ómnibus, armando historias sin sentido de esas cotidianas y aburridas gentes, de todos aquellos seres sin nombre, de esos paisajes humanos y decorativos personajes, sin darse cuenta que en realidad estuvieron hablando todo el tiempo de ellos mismos- pensó el último viajero que los acompañaba, que sí era un chusma y al parecer había escuchado y visto todo con extrema atención, y que ahora bajaba como regalándoles cual generoso padrino en noche de bodas el mentado colectivo, ese coche nupcial, ese espacio y ese momento para su amoroso idilio, mientras caminaba asiendo un cigarrillo hacia su casa de tres pisos que odiaba tanto porque lo confinaba a vivir sentado leyendo un libro, o viendo una película alquilada, razón por la cual odiaba sentarse en cualquier otro lugar, sea o no ese lugar un colectivo. Cómo sentarse y detenerse, cómo, si en verdad uno puede estar parado toda la vida; cómo si para parar, se tiene toda la vida.
-Debió ser por eso que prefería no sentarse en los asientos- pensó así finalmente y se levantó despabilándose de ese despojo que eran él y su asiento, intentando agarrarse y no caerse, y de seguro perderse -aunque qué lindo sería perderse- hasta tocarle el timbre a un serio conductor de colectivo, del cual nada sabría sobre su vida, para poder bajar a su parada que, de manera firme y monumental, incólume y terrible, como siempre, lo esperaba, para seguir tranquilamente su camino, prendiendo uno de esos tan ansiados cigarrillos.
Y así parar de pensar un poco, para pensar otras cosas.
Ella subió unas cuantas paradas más adelante que él, aunque no supo precisar cuántas, en realidad. Igual, eso había resultado ser un detalle por demás nimio para él. Toda su atención estaba puesta simplemente en el hecho de que ella había subido.
Sin notarlo, claro, no fijaba sus ojos en nada más que ella, o más allá de ella, menos todavía lo procesarían sus alborotadas neuronas, de pronto se encontraba caminando hacia uno de los asientos de adelante, y poco después, luego que el chofer sorteara con fortuna unos pozos que casi lo voltean y el hiciera lo propio con la ansiedad y los nervios que lo ponían en un serio riesgo de tumbo, se encontraba saludándola cortésmente, sentado en el asiento contiguo.
Y así se encontró, a su sorpresa, luego de improvisada y efectiva presentación, charlando con ella de los avatares que siempre traen aparejados los exámenes finales de la facultad. Si no hubiera leído Cortázar, la flor amarilla, creo que así se llamaba, y Veneno, todavía estaría sentado inmanente en su ya citado despojo de asiento.
-Así que pensás que te fue bien- dijo protocolarmente, -es toda una suerte eso. Yo si aprobé, pero lástima que el profesor era uno de esos locos chiflados que no te dejan hablar, prefiriendo escucharse a sí mismos…pero sí, es verdad, que lo que yo decía era notablemente aburrido-.
Ella rió levemente, esbozando una, pensó, característica sonrisa. –En fin, lo importante es aprobar- sentenció ella como compadeciéndose.
-¿Nunca te tocó uno de esos profesores?- le preguntó, esperando que ella no malinterprete sus dichos; él seguro, si hubiera sido su profesor habría sido tentado a la invitación de un roce, pero al parecer existían profesores más decentes y profesionales, y por qué no más boludos. Pero por suerte o mero azar no fue así – el profesor era más decente, por lo menos, y ella no “malinterpretó” sus dichos- y siguieron hablando de enriedos estudiantiles, mientras el chofer seguía cansándose de dar vueltas, meter cambios y hacer asustar a esos taxistas y remiseros: - sus enemigos favoritos- ingeniosamente, pues ingenioso se creía, concluyó él.
De un momento a otro, como todos los vaivenes y giros extraños que se dan en las charlas, ni qué decir de la vida, peores que las mismas maniobras, arriesgadas algunas y heroicas otras, del colectivero, se encontraron hablando, riendo y hasta, a veces, por no decir a menudo, burlándose de los otros pasajeros, buscando inteligir y descifrar entre los codificados y curiosos labios de aquellos una discusión emocionante, o por lo menos sorprendente.-Para mí que esta noche se pelean- infirió ella, mientras él asentía con la cabeza, aunque no tan seguro.
Después charlaron de ese tipo vestido raro, que parecía un bandolero -¿todavía se usa esa palabra?- se destartaló a carcajadas su acompañada, armándole consecuentemente – y sin detenerse demasiado en el anticuado vocabulario de su inesperado acompañante- escabrosas historias de su vida, asaltos frustrados a mano armada y muertes violentas, razones por lo cual pensaban que había elegido quedarse parado a pesar de la inmensidad de asientos que sobraban en el colectivo y lo rodeaban de una manera confusa.-Y sí, será, como que no hay otra…- asintió él, incrédulo con toda seguridad.
Rápidamente, luego de analizar las, fantásticas algunas y aburridas otras, historias del resto de los individuos con quienes compartían el voluminoso móvil, se dieron con que ya estaban llegando al centro, a unas pocas cuadras del fin del recorrido de él. Pero a ella le quedaban muchas cuadras todavía, así que él, sacando cuentas de kilómetros, números de cuadras, ecuaciones de tiempo y posibilidades estadísticas de volver a tener una tan buena charla en tan exquisita compañía, se aventuró a decirle: -por acá es mi parada, pero me da cosa que andés sola a merced de ese asesino, o en su defecto del atroz chofer-. Ella riendo entonces, cómo no hacerlo, le dijo: -¿Te da cosa?-.- Bueno, en realidad es sólo que no quiero bajarme…no hace tan mal tiempo acá arriba y todavía no nos contamos la historia de vida del malhumorado chofer…- alcanzó a decir, sin poder evitar sentir como su cuerpo ponía un poco colorado, en serio, un poco nomás, vaya uno a saber porqué. Nada tenía que ver el estar locamente enamorado de la completa y ahora tan familiar desconocida. En fin, quién se dignaba en conocer a quién por estos días y, porqué no, por todos los días. Más aún, ¡quién se digna a enamorarse en estos tiempos!
-En ese caso te invito a que sigas arriba de mi colectivo, hasta que llegue mi parada- dijo, magnánima y radiante, salvándolo esta vez ella a él del enriedo que acarrean tan devastadoras y patéticas declaraciones…-pero si volvés a decir chofer te juro que me bajo yo y por la ventana- estalló otra vez en una encandilante carcajada.
Fue así que se siguieron contando de sus vidas -pero sobre todo de la vida de ese intrépido y misterioso conductor-, enredados y superpuestos por largos silencios y desternilles de risas. Palabras e historias profundas, vibrantes y rápidas al decir pero que nunca acababan, como el de la familia del colectivo, quiénes serían sus hijos de chapa, pintura y ruedas, de quien sacarían los faros, a qué edad empezarían a andar por las calles rotozas de la ciudad, que trole-bus o colectiva había sido capaz de robar su motor, a su papá y a ellos, -aunque seguro que es la misma, nadie escapa al complejo de Edipo- a pesar de que poco sabía ella de un complejo de Edipo y él no era Oliveira, y menos le hubiera gustado ser Gregorovius, como para explicarle-; después siguieron la discusión sobre si la misma se había marchado o no, y porqué, y ella, en voz alta, pensó – pero entonces no puede ser la misma colectiva la ladrona de los motores, porque ellos no están enamorados de su abuela-. Maldición, pensó él, para sí, ella tenía toda la razón, la suya y la suya. -Y qué pensará de su empresa…- siguiendo la, fantástica hasta lo absurdo, elucubración; luego discutieron sobre el cansancio o no de ser colectivo y si les caerían bien, o muy mal, estos dos particulares viajeros, así se creían, del común de pasajeros que habitaban intermitentemente en su metálico estómago.
A todo esto se subieron y sentaron otras dos señoras adelante suyo, que se traían toda una novela familiar entre manos y lenguas, por demás largas las últimas, que si él hubiera sido Cortázar habría escrito el episodio.
Sin embargo, esto no sirvió para olvidar que ahora también empezaba, o terminaba, no sé bien, a quedar poco para el arribo a la parada de destino, uno muy cruel, uno muy triste, tan aburrido y vacío cuanto más se arrimaba, tan agobiante de enferma y abúlica normalidad y de una mediocridad estéril que parecía esperarlo inamovible en su habitual descenso al, por así decirlo, mundo real.
Él la miró entonces triste, como extrañando el momento en que estuvo destinado a escuchar el desenlace apasionado de Juan y María, - nombres comunes si los hay- dijo alguno de los dos, relatado por las rubias teñidas, de vestidos de fuertes colores y casi ancianas señoras, ésas de cabellos abultados hacia arriba, formando simpáticos cortes y pliegues capilares –eufemismos comunes si los hay- dijo el otro, bien propios de viejas chusmas con fuertes perfumes de antaño cadavéricos, como correspondiendo al estereotipo.
Ella, por su parte, luego de rebatir con un sarcasmo sutil el –no te preocupes, ya te va a tocar a vos también- con que él la jodía, aunque ya no con una risa ni tan fuerte ni tan estruendosa y sí tan que sonaba a un “¡chau, te me estás yendo che!”, como que ya no quería mirarlo mucho, sobre todo para no enfrentar la soledad que empezaba a habitar en las miradas de su compañero de coche, quedándose más callada a cada metro y con su nueva y distante mirada, que también se contagiaba de ese frío que no era de invierno.
El chofer, su chofer, ese entrañable conductor, ese mágico señor hacedor de caminos de maravilla, pisó insensiblemente los frenos, obligando a detenerse sin miramientos al coloso de fierros de familia abultada. La parada había llegado, como un terremoto que llega y barre todo y destruye sueños y cuentos y vidas con una impiedad e inclemencia que a Nerón le quedarían grandes. Había que parar, para de todo, sabiendo irónicamente que hay cosas que no pueden detenerse. Hay paradas que pueden ser muy injustas.
Tuvieron que detener sus miradas un segundo y mirarse, tuvieron que parar de huir de sus realidades y fantasías y mirarse y enfrentar el adiós, por injusto que sea; en ese segundo, que alcanzó para mirarse, para verse y decirse y soñarse y amarse, en ese segundo, pararon de todo.
Unos metros más adelante las señoras de finos peinados, así se creían ellas, empezaron a hablar de esos locos, no de María y Juan, de ellos ya se habían cansado hace rato, sino de aquellos que no habían hecho más que molestar y reírse, -por no decir joder- dijo la otra, llegando a la sospecha de que hasta por momentos las habían estado escuchando.
–Vos sabés que yo estoy segura que sí. La juventud está decadente y ahora nos venimos a enterar que encima chusmas- y cerró su compañera la conversación con un leve y tosco bramido que intentaba ser un entendido sobre el tema ajhá, como reafirmando los dichos de la otra vieja, mientras los veían ahora volverse a encoger de estómagos y esconderse en gigantes carcajadas, subidos juntos en lo normal de un colectivo, perdidos en una multitud que los cobijaba, como justificando lo injustificable de sus vidas en una también –o tan bien- injustificable existencia, a esos dos extraños pasajeros de colectivo.
-Y habrán seguido vagando y viajando eternamente en ese ómnibus, armando historias sin sentido de esas cotidianas y aburridas gentes, de todos aquellos seres sin nombre, de esos paisajes humanos y decorativos personajes, sin darse cuenta que en realidad estuvieron hablando todo el tiempo de ellos mismos- pensó el último viajero que los acompañaba, que sí era un chusma y al parecer había escuchado y visto todo con extrema atención, y que ahora bajaba como regalándoles cual generoso padrino en noche de bodas el mentado colectivo, ese coche nupcial, ese espacio y ese momento para su amoroso idilio, mientras caminaba asiendo un cigarrillo hacia su casa de tres pisos que odiaba tanto porque lo confinaba a vivir sentado leyendo un libro, o viendo una película alquilada, razón por la cual odiaba sentarse en cualquier otro lugar, sea o no ese lugar un colectivo. Cómo sentarse y detenerse, cómo, si en verdad uno puede estar parado toda la vida; cómo si para parar, se tiene toda la vida.
-Debió ser por eso que prefería no sentarse en los asientos- pensó así finalmente y se levantó despabilándose de ese despojo que eran él y su asiento, intentando agarrarse y no caerse, y de seguro perderse -aunque qué lindo sería perderse- hasta tocarle el timbre a un serio conductor de colectivo, del cual nada sabría sobre su vida, para poder bajar a su parada que, de manera firme y monumental, incólume y terrible, como siempre, lo esperaba, para seguir tranquilamente su camino, prendiendo uno de esos tan ansiados cigarrillos.
Y así parar de pensar un poco, para pensar otras cosas.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

